razones para el perdón

 

 

El perdón no ha sido considerado un objeto de estudio interesante para la psicología hasta hace pocos años.

En la última década han proliferado las investigaciones internacionales centradas en la psicología del perdón, probablemente impulsadas por el auge de la Psicología Positiva, que lo considera una de las fortalezas humanas debido a sus efectos positivos sobre el bienestar y la felicidad humana.

Las razones de la desatención histórica de la psicología hacia el perdón son varias. En primer lugar, se ha identificado el perdón como un tema religioso, que debe ser estudiado sólo desde la teología, la moral o la filosofía, o por aquellos que tienen unas determinadas creencias religiosas.

 

PERSPECTIVAS TEÓRICAS

 

 

En segundo lugar, el perdón es un constructo polémico en el campo de la salud mental. Esta polémica nace de definiciones cuestionables de perdón. Hay autores que asumen que el perdón permite que el agresor vuelva a agredir otra vez y que la víctima permanezca en una posición subyugada, que lo contemplan como el proceso

por el que la víctima es culpabilizada y el agresor es absuelto de culpa y responsabilidad, como un camino mediante el que la religión patriarcal y los sistemas sociales pueden mantener la sumisión femenina, o como una forma de aceptación de la propia vulnerabilidad que coloca a la víctima en una posición de ser herido por otro. Por ejemplo, Bloomfield y Fielder (1983, en Sells y Hargrave, 1998) definen perdón como simplemente

“dejarlo pasar” con una idea implícita de “simplemente lo olvidaré”. Otros autores (Bass y Davis, 1994, en Sells y Hargrave, 1998) critican el uso del perdón como intervención terapéutica desde el supuesto de que el perdón supone abandonar la ira, no mantener la responsabilidad del agresor y no tratar más de recibir compensación por el abuso. McAlister (1984, en Sells y Hargrave, 1998) entiende el perdón no como un proceso de reparación, sino como un imperativo: “el cliente puede no ser capaz de olvidar inicialmente, pero debe perdonar porque

tenemos la necesidad de no sólo ser perdonados sino también de perdonar” (p. 55). Estos conceptos de perdón suponen una amenaza para el bienestar de las personas que han sido dañadas, por lo que es fundamental revisar el concepto de perdón que mantienen tanto las víctimas como las personas que trabajan con ellas para evitar esto.

 

Definiendo el perdón

Cuando en una relación entre dos personas una resulta dañada como consecuencia de una agresión o una acción de la otra, se produce en un primer momento una experiencia subjetiva de “no-perdón”. Esta experiencia que sigue a un daño es un compuesto de respuestas cognitivas, afectivas y frecuentemente conductuales.

 

Williamson y Gonzalves (2007) describieron las respuestas más frecuentes del no-perdón, identificando, en el nivel afectivo, sentimientos de rabia, dolor, tristeza, confusión y una sensación de traición. En el nivel cognitivo, entre los pensamientos más comunes se encontraban las representaciones ofensivas del ofensor, fantasías o pensamientos de venganza, preguntas de por qué se ha comportado así el ofensor o si la víctima ha tenido alguna

culpa en lo acontecido y pensamientos de finalización de la relación con el ofensor. En el nivel conductual, la mayoría de los sujetos de su muestra mostraban comportamientos de evitación del ofensor o de distanciamiento en su presencia, mientras que sólo algunos expresaban su rabia o su dolor llorando o enfrentándose con el ofensor.

La experiencia negativa del no-perdón puede mitigarse de varias maneras, no necesariamente perdonando: aceptando el daño, haciendo re-atribuciones de los sucesos y circunstancias relacionados con la ofensa, manejando el estrés relacionado con el suceso, o mediante el control de la ira consecuente a la ofensa. El perdón es, por tanto, un recurso (entre varios) para manejar o superar este malestar.

 

Nos parece interesante la propuesta de Lawler-Row et al (2007), según la cual el concepto de perdón se

podría aprehender mediante tres dimensiones:

 

1. Tipo de respuesta: admite tres niveles, según los cuales el perdón puede ser experimentado como una conducta

(ej. reconciliación), una emoción (dejar ir los malos sentimientos); o como un pensamiento, que

puede ser especifico (sobre el hecho o el ofensor) o una actitud general (como creer que nadie es perfecto).

2. Dirección del cambio: puede ser el abandono o la reducción de las respuestas negativas (lo que se conoce como dimensión negativa del perdón, ya que implica la eliminación o desaparición de algo), o la aparición de emociones, pensamientos o respuestas positivas (dimensión positiva del perdón); el sujeto puede emplear un tipo de cambio, el otro o los dos.

3. Orientación, que admite dos niveles: el intrapersonal, centrado en sí mismo, o interpersonal, centrado en el otro. Los sujetos pueden emplear tanto un nivel como el otro o ambos en su concepto de perdón.

 

El perdón como herramienta clínica en terapia

 

Hay autores proponen que se abandonen los intentos de intentar definir el perdón como si fuera un constructo simple y unidimensional, considerando que el perdón tiene múltiples dimensiones y que incluye diferentes posibilidades tanto en orientación, en dirección como en formas de respuesta. Puede haber, por lo tanto, distintos caminos para experimentar el perdón; cuando un camino resulte imposible para una persona, es posible considerar que existen otras rutas.

 

No habría, pues, un único modo correcto de expresar el perdón; para unas

personas estará relacionado con un sentimiento o una emoción, mientras que para otros se expresará mediante

pensamientos o conductas.

 

Clasificaciones de perdón

 

Hay distintos conceptos de perdón entre los autores que investigan el tema. La primera clasificación de tipos de perdón que nos parece interesante presentar es la distinción entre el perdón unilateral o intrapersonal y el perdón negociado o interpersonal.

Según Enright y Coyle (1998) y Enright, Freedman y Rique (1994), el perdón es “el deseo de abandonar el derecho al resentimiento, al juicio negativo y a la conducta indiferente hacia quien nos ha herido injustamente, a la vez que se fomentan las cualidades de la compasión, la generosidad e incluso el amor hacia él o ella”.

 

Según Andrews (2000) es un proceso que se completa enteramente en el individuo dañado; no necesita

de nada ni depende de la posición del agresor. Es, en palabras de Enright, su principal defensor, “un regalo incondicional que se da a quien ha producido el daño”.

El acto de perdón es totalmente independiente

de las acciones del agresor, en el pasado, en el presente y en el futuro; en este sentido, se puede entender como un acto “completo”. Cuando una persona perdona de esta manera, no busca nada del otro, ni en la práctica ni en teoría. El perdón no se dirige al otro porque se piense que perdonándole su conducta cambiará.

 

Lo que el perdón unilateral es capaz de fomentar en el agresor de arrepentimiento y, por lo tanto, de producir futuros cambios, debe ser irrelevante para quien ha sido ofendido.

Otro concepto de perdón es el llamado perdón negociado. En esta perspectiva el perdón se ha definido como

una motivación para reducir la evitación o el distanciamiento de una persona que nos ha herido, así como la

rabia, el deseo de venganza y la urgencia para tomar represalias contra ella. El perdón también incrementa el

deseo de conciliación hacia esa persona si se pueden re-establecer las normas morales de forma que puedan

ser tan buenas o mejores que lo que eran antes” (Worthington, 1998, p. 108).

 

 La función del perdón como reparación

de relaciones o reparación de daño introduce un nuevo concepto de perdón, el “perdón negociado”

(Andrews, 2000). Según esta autora, el perdón transpira a través del diálogo real entre el agresor y la víctima.

El agresor se identifica con la acción agresiva y busca perdón por ello, lo que requiere tres pasos: la confesión (el agresor debe admitir que ha cometido dicha acción), el reconocimiento (debe asumir responsabilidad por dicha acción con todas sus consecuencias, sin poner excusas) y el arrepentimiento (debe expresar remordimiento

por lo que ha hecho). Muchas personas que han sufrido daño podrían estar dispuestas a perdonar a quienes les han herido si los agresores admitieran su acción, asumieran su responsabilidad y mostraran contrición.

En ausencia de estos pasos, sin embargo, la parte dañada podría renunciar a perdonar, creyendo que no se han dado los prerrequisitos para que el perdón tenga lugar.

Otra clasificación de tipos de perdón que se ha manejado en las investigaciones sobre este tema es la distinción entre el perdón disposicional y el perdón específico. McCullough y Worthington (1999) mostraron que el perdón puede ser medido como una disposición general a perdonar, mediante ítems sobre el valor que conceden al perdón y su percepción sobre su facilidad para perdonar; estaríamos hablando, en este sentido, de lo que

algunos autores llaman “personalidad perdonadora” y estaríamos evaluando el perdón como un rasgo estable

de personalidad. Sin embargo, también puede ser entendido como una actuación específica ante una agresión

particular, evaluando hasta qué punto han perdonado a un agresor concreto que les ha herido.

Es de suponer que las opiniones, creencias y actitudes reflejadas en el perdón disposicional se reflejen en un nivel mayor de perdón específico. Sin embargo, esta distinción entre ambos tipos de perdón ha permitido identificar

fenómenos como la discrepancia religión-perdón, mostrándose que las creencias religiosas se asocian de forma distinta con los dos tipos (Edwards et al., 2002; McCullough y Worthington, 1999).

 La investigación sobre la relación entre las creencias y prácticas religiosas de las persona y su nivel de perdón ha mostrado que,

aunque sí existe relación entre religiosidad y perdón disposicional o tendencia a perdonar, no hay sin embargo evidencia de relación significativa entre religiosidad y nivel de perdón mostrado en ofensas específicas (Tsang, McCullough y Hoyt, 2005). A esta distancia entre la doctrina religiosa general sobre el perdón y el perdón real

que muestran los creyentes se le ha llamado “discrepancia religión-perdón”.

La siguiente distinción frecuentemente manejada en la literatura científica es la que distingue entre el perdón a otras personas (ofensores) y el perdón a uno mismo. El perdón a uno mismo ha sido uno de los grandes temas olvidados en el estudio del perdón (Hall y Fincham, 2008). Los pocos autores que lo han estudiado han

tendido a aplicar los conocimientos sobre el perdón interpersonal a este tipo de perdón (Enright, 1996); sin embargo, parece que se han identificado varias diferencias entre ambos tipos de perdón. Por ejemplo, en el perdón

interpersonal las conductas de evitación se dirigen a la evitación del agresor, mientras que en el perdón a

uno mismo el agresor intenta evitar pensamientos, sentimientos o situaciones asociadas con la agresión. Parece además que el perdón a uno mismo depende de varios factores, como hacer actos de reparación a la víctima o

decidir no volver a cometer dicha agresión nunca más. Por último, la reconciliación es imprescindible en el perdón intrapersonal, no así para perdonar a otros (Enright, 1996). Son muchas las personas que experimentan

mayor dificultad para conseguir el perdón intrapersonal que el interpersonal; parece que los procesos necesarios

son diferentes, lo que hace necesaria la investigación sobre este tipo de perdón.

La última distinción que proponen algunos autores es la distinción entre el perdón sano o útil y el llamado

“falso perdón” o pseudoperdón, que es aquel perdón en el que el agresor mantiene su dominio y en el que inadvertidamente

se promueve el mantenimiento del daño. Perdonar no es olvidar ni pretender que no ha sucedido

nada. Negar la violación de la relación es una forma superficial de mantener la relación, que sin embargo continúa

decreciendo en calidad. El perdón, propiamente entendido, debería ocurrir desde una posición de fuerza,

no de debilidad, porque el perdonador reconoce una injusticia y la considera en lo que es. Los peligros del falso

perdón, o pseudo-perdón o servilismo son la manipulación, la negación, la evitación, la injusticia o la cronificación

del daño.

Probablemente distintas situaciones, relaciones o agresiones requieran un tipo de perdón distinto, ajustado a

cada una. No es lo mismo perdonar a personas que no se van a volver a ver en la vida que perdonar a alguien con quien convives diariamente, por ejemplo. No es lo mismo perdonar una agresión puntual y nueva que una agresión que se repite con frecuencia… Hay que profundizar en los tipos de perdón que requieren los distintos

tipos de situación o de ofensa, o los distintos tipos de relación con el ofensor y la calidad de dicha relación.

 

El perdón en la clínica

 

En el ámbito clínico se han propuesto distintas intervenciones diseñadas para estimular el perdón, que tienden

a centrarse en el daño de la ofensa y a dar tiempo para que la víctima exprese sus reacciones, pensamientos

y sentimientos. Todas tienen en común el trabajo sobre los siguientes puntos:

1. Reconocer la existencia de la ofensa y su importancia. Evitar la negación de la violación de la relación, a

la vez que se evita la reacción exagerada en el sentido contrario, magnificar el daño; este primer paso tiene

como objetivo ver la ofensa con más perspectiva (objetivarla y reducir los sentimientos de victimización innecesarios).

2. Intentar considerar el punto de vista del ofensor. Varios autores señalan que uno no puede perdonar sin entender al agresor (Andrews, 2000).

 En el proceso de perdón deben estar presentes, según Hargrave (1994) entre otros momentos el “darse cuenta”, que permite a la víctima reconocer y modificar los patrones destructivos que perpetúan los actos injustos, y el “entendimiento” que permite el reconocimiento de las limitaciones del agresor sin quitarle responsabilidad. El acto del perdón incluye la discusión de conductas

lesivas anteriores y muestra patrones relacionales alternativos. Si no hay contacto con el agresor,

entonces las perspectivas de un entendimiento genuino se reducen. El perdón no sigue siempre al entendimiento, pero un perdón que no está basado en el entendimiento, según Andrews (2000), está incompleto.

Perdonar una acción es un acto influenciado por nuestra capacidad de entenderlo (incluso si la ofensa no es algo que nos imaginaríamos capaces de hacer). Para entender por qué he sido dañado, debo entender primero el mundo del agresor. Esto es más que una estrategia para llegar al perdón, es algo central en él.

3. Sentir empatía con el agresor. Aquellos sujetos que perdonan al agresor tienden a mostrar altos niveles de empatía. Wade y Worthington (2003) consideran la comprensión o el entendimiento del ofensor por parte de la víctima importante, pero sólo porque permite que tenga lugar el componente fundamental del perdón: la empatía.

 La empatía sería, pues, un predictor crucial del grado de perdón o no-perdón que la víctima

siente hacia el ofensor. De hecho, las intervenciones que han tenido éxito promoviendo la empatía

de la víctima hacia el ofensor han ayudado también a estas víctimas a perdonar, encontrándose correlación

entre empatía y disminución del no-perdón. Parece que el efecto facilitador que tienen las disculpas

y la expresión de arrepentimiento es el de incrementar el sentimiento de empatía en la víctima, lo que facilita

el perdón. Ver el malestar o el sufrimiento del agresor por su acción nos ayuda a ponernos en su lugar y hacer reatribuciones más positivas (dicen algunos autores que esto se debe a que ya le vemos pagar parte de su “condena” con ese sufrimiento, se equilibra el daño).

4. Recordar ocasiones en las que nosotros mismos hemos sido ofensores y nos hemos sentido agradecidos por recibir el perdón de otros.

 

Efectos del perdón

 

En general, los resultados de distintos estudios, como vamos a revisar a continuación, sugieren que las intervenciones

que promueven el perdón pueden llevar a reducir los efectos negativos (para la salud mental) del “noperdón”

y producir incrementos en la auto-estima y la esperanza. Los niveles de perdón correlacionan positivamente

con indicadores de salud mental y negativamente con indicadores de estrés o disfunción.

Como ejemplos de investigaciones sobre el efecto del perdón en la salud mental, Mauger et al., (1992) estudiaron los efectos del perdón a uno mismo y del perdón a otros. Bajos niveles de perdón (de cualquiera de los dos tipos) correlacionaban con indicadores de psicopatología del MMPI; el perdón a uno mismo se relacionaba

más fuertemente con depresión, ansiedad y baja auto-estima que el perdón a otros. Hebl y Enright (1993)

publicaron el primer estudio empírico sobre la eficacia del perdón en la mejora de la salud mental. En su muestra

de 24 mujeres mayores, altos niveles de perdón se asociaron con altos niveles de auto-estima y bajos niveles

de ansiedad o depresión. Freedman y Enright (1996) aplicaron una intervención para estimular el perdón en

supervivientes de incesto. Las mujeres en tratamiento mostraron disminución en las medidas de ansiedad y depresión en comparación con las mujeres de la lista de espera.

Por otra parte, los estudios que relacionan el perdón y la salud física se han centrado fundamentalmente en los efectos adversos de la hostilidad (como componente del no-perdón) sobre la respuesta cardiovascular.

Perdón y hostilidad suelen tener una relación inversa. Lawler et al., (2003) controlaron los efectos del género

sobre las respuestas fisiológicas y encontraron que el perdón se podía describir como “un cambio en el corazón”.

El perdón como rasgo se asociaba con bajos niveles de presión sanguínea, especialmente presión diastólica.

El perdón como estado también se asociaba a menores niveles de tensión arterial y de tasa cardiaca. Ser

incapaz de perdonar una ofensa específica se relacionaba con incrementos en el tono cardiovascular y simpático.

Witvliet et al. (2001) estudiaron los correlatos físicos del perdón. Las imágenes de perdón se relacionaban con menores medidas de EMG del músculo corrugador, conductancia de la piel, tasa cardiaca y aumento de presión

en comparación con la reacción a imágenes de no perdón.

Los resultados sugieren, en general, que las respuestas de perdón o de no-perdón podrían tener efectos a largo

plazo sobre la salud sólo si son suficientemente frecuentes, intensas o duraderas.

Kaplan, Monroe-Blum y Blazer (1994) sugieren que el perdón puede ser integrado en la literatura científica

dentro del campo de estudio sobre estrés, afrontamiento y salud. Varios autores proponen que el perdón puede

ser considerado una forma de afrontamiento del estrés con efectos beneficiosos sobre la salud.

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