Nieve de papel tissue, un relato de Minia Miramontes

Nieve de papel tissue
Podría empezar por intentar explicar la sensación de un paisaje de
nieve eslava en el último día del mes de octubre y con un calor
a destiempo en una ciudad donde nunca nieva.

Entré al Centro Cultural de esta ciudad mediana
dónde vivo y me entusiasmé con la nieve que pintaba su suelo…

Tras las horas encerrada entre el hospital donde trabajo y mi propia
casa sin luz…, agradecía mi sudor en honor este calor a desatemporal de este verano tardío y a mi propia menopausia temprana.

La expectativa del espectáculo teatral que me esperaba y esta nieve
me llenó el alma de fuerza…, nieve de papel de tissue sobre un suelo
hecho para el orballo de mi ciudad atlántica.

Me dirigí hacia el patio de butacas que estaba a rebosar de gente treinteañera y matrimonios jóvenes con hijos que no pasaban de los 10 años, un público inusual a estas horas de la noche y tan poco presente en tantos otros espectáculos a los que yo acudía, que esa noche llenaba al teatro principal de mi ciudad de una fuerza y algarabío al que no estaba acostumbrada y lejos de desanimarme me llenó de más fuerza.

Fue un espectáculo visual, lleno de color, luces cambiantes que chocaban con el
clasicismo del local donde estábamos… . Todo un entramado teatral para una obra
dinámica y un tanto absurda, que intentaba dar un poco de sentido a un paisaje invernal
eslavo y en el cual el protagonista disfrazado de clown intentaba sobrevivir.

Un actor en el que pude entrever a través de su triste disfraz de payaso a un hombre maduro, alto delgado un una fisonomía tan nórdica en que a pesar de su peluca intuí su nuca plana, como cortada y su cuerpo de piernas largas y finas.

Tras todas las sorpresas de un show mezcla de circo y de esperpento kafkiano que intentaba trasmitir la tristeza de un paisaje siempre blanco, a través de de un texto sin diálogo y que al rato pasé de entender, rematando la función con una explosión de música retumbante y como última sorpresa 5 globos gigantes con los tonos básicos de la escala cromática que sobrevolaron sobre un público ávido de interactuar pero ligeramente teledirigido, reacciones estudiadas y controladas por los creadores de la obra, de todas formas decidí unirme a esta reacción fruto, como estaba, de esta energía extraña que me embargó al ver este edificio trasformado por la nieve de papel tissue.

Me dejé ir debajo de los globos gigantes que iban ascendiendo por los palmeteos con brazos al aire del público. Sin darme cuenta fui descendiendo a través del patio de butacas detrás de la aparición, a intervalos, sobre nuestras cabezas de aquellos círculos de color.

El rojo viene hacia mi le alcanzaré?…, amarillo, me elevo no llego se va, verde…, por fin el azul parece que llega…. no…, ya el resto de espectadores lo han alejado de mi.

Entonces me doy cuenta que estoy a un metro del escenario…, sobre el restos de nieve de tissue, un trasfondo que recuerda el paisaje eslavo y el actor principal, el clown, ya sin su nariz roja, sentado en el filo del escenario; su actitud y la expresión de todo su cuerpo me recordó a la de un hombre que tras un día de trabajo duro contempla un horizonte de campiña verde como si cada una de las sombras del individuo que es cada espectador fuese un brote de una brizna de hierba, una actitud
que me pareció fría, a la vez que de satisfacción del trabajo técnicamente bien hecho.

Conducta imperturbable de hombre saciado de escenarios, viajes, vida personal
llena de recovecos y de pasiones satisfechas y calculadas, un hombre conocedor del atractivo de su puesta en escena. Le creí inasequible dentro de lo asible de su personaje de trotamundos tan estudiado y repetido que ya había terminado por hacerse espontáneo en él.

Me miró, y yo con un gesto propio en mi, sonreí y parpadeé mis ojos color cocacola,
Coqueta… tan coqueta y femenina…, me guiñó un ojo y en fracción de segundos fui sólo yo y mi feminidad fuera de todos los prejuicios que mi “educación sentimental” me había coaccionado hasta ese momento. Me sentí en mi ser femenino y el barullo que me rodeaba por segundos u horas desapareció.

En ese momento el gran globo azul empezó a dirigirse hacia donde yo estaba, cuando lo presentí sobre mí, en un automatismo desvié mi mirada de la de él, arqueé mi cuerpo elevé mis brazos mientras sonreía sabedora de que él me observaba y el globo se posó sobre mi cuerpo como si sólo me perteneciese a mí….

Todavía no puedo recordar cómo pasó, pero vislumbro un gran círculo azul sobre mi persona a quien yo intentaba apartar y elevar, mi columna arqueándose en un ángulo imposible para mis posibilidades, mi consciencia o inconsciencia que rogaba que alguien alejara aquel inmenso color azul de mi ser que cada vez sentía como más diminuto. Un crack de huesos y un golpe en mi diminuta nariz y… no me acuerdo de nada más.

Me desperté en un lugar familiar para mí, la sala de trauma donde cansada y hastiada pasaba mis horas laborales soñando con un pronto cambio de destino…, aún así y en el aturdimiento mental propio de quien despierta de un traumatismo craneal, llegué a dislumbrar la idea de qué coño hago yo aquí, porqué no me han llevado a la sala de neuro….. .

Reconocí la cara de mi madre y balbuceé la palabra “azul” mientras ella con ansia simulaba una sonrisa… -cariño que dices-, me preguntaba intentando disimular su preocupación sobre mi estado mental…-azul…, respondí yo- mientras dirigía mi mirada de cocacola al techo de la odiosa habitación de trauma donde pasaba mis agotadoras horas de trabajo indigno de cambiar cuñas y limpiar culos de viejos insoportables que me gritaban preguntando por sus gallinas en su delirio senil desembocado por el ingreso hospitalario; pero el techo de mi habitación no dejaba de ser blanco por más que me empeñase en verlo azul y así poco a poco detrás de mi madre empecé a dislumbrar la figura alta, fina y delgada de mi padre…, tan nórdico,
con sus huesos largos y sus ojos AZULES.

Pasaron dos días, que en vez de descanso fueron de agotamiento de tener que explicar una y otra vez como un globo azul me había derribado, visitas de mis propios compañeros y de mi vida fuera del hospital, sin excluir a todos los conocidos de mis padres…., cuando una vez más se abrió la puerta de la habitación y maldiciendo ante el presentimiento de tener que volver a explicar por enésima vez la historia del globo azul, aparece un muchacho delgado, poca cosa, con uniforme que no iba nada con su aspecto y un casco integral de motorista sobre la cabeza a modo de sombrero ya que había colocado la parte de la barbilla sobre su frente y que le daba un aspecto todavía más insignificante. Traía una cesta en las manos que me recordó a la del cuento de caperucita roja cuando llevaba las viandas a la abuelita.

El muchacho con un acento cangués total dijo en alto mi nombre… ¡yo! contesté en una mezcla de entusiamo y curiosidad total reacción propia ante la monotonía de los últimos dos días…; mi compañera de habitación, una treinteañera rubia de frasco y con sobrepeso, me miró con expresión de sorpresa y rabia celosa ya que el regalo no era para ella.

Aquel ridículo, minúsculo e insignificante mensajero se acercó a mi cama con total indiferencia mientras me hacía firmar en su hoja de encargos “recibidos” a la par que se le caía el casco cubriéndole toda su cara y dándole aspecto de hormiga atómica…, Por un momento pensé qué pena de proyecto de hombre… .

Dejó la cestita sobre mi mesilla, desganado y con la expresión de falta de simpatía del sabedor de que no recibiría propina y se fue sin ni siquiera un amago de despido.

En cuanto noté que había abandonado la habitación me giré ante el detalle situado en mi mesita hospitalaria sin dejar de echar un vistado a la gorda teñida que tenía en mi cama gemela que miraba con una curiosidad malévola. No dejé de pensar cuanto me recordaba a un animal porcino; con un gesto de desdén y ligeramente soberbio que también conocía en mí, aunque sólo fuera por la cantidad de veces que me lo habían repetido y del que sinceramente sólo tenía consciencia por las fotografías…

Me giré desdeñándola, como unos segundos antes había hecho el mensajero hacia mí; sentí el dolor agudo de mi ciática resentida por el golpe, y tomé mi cestita y al acercarla mi sorpresa fue ver como se desprendían, apenas con un aleteo del aire producido por el movimiento de mi mano, una cascada de virutas de papel tissue como si fuese nieve, dirigí mi mirada a la ventana y aprehendí la sensación del orballo que caía en el exterior.

Extraje el sobre que sobresalía de la cesta y leí su nota, mi corazón palpitaba, mientras me acordaba de cuantas veces mi amiga Lidia me había comentado de las percepciones o premoniciones de cuando su enamorado se iba a comunicar con ella,
tan expectante estaba con la nota que ni siquiera me acordé de mis gafas de presbicia:

OJOS COLOR DE LA COCACOLA
SIENTO NO ESTAR AHÍ PARA CUIDARTE
HOY SOY YO EL QUE ESTÁ HERIDO POR
EL GLOBO COLOR AZUL, EN A CORUÑA,
MIENTRAS OBSERVABA A MI PÚBLICO
EL GLOBO VINO HACIA MI Y ME OCASIONÓ
EL MISMO TIPO DE TRAUMATISMO QUE A TI.
PRONTO ME DARÁN EL ALTA E IRÉ A LEÓN… Y
UNOS DÍAS LIBRES EN LOS QUE PODRÉ TRASLADARME
A TU CIUDAD SIN NIEVE Y CÁLIDA…
BESOS BERND….

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